El concierto de Ricky Martin en el Jockey Club Paraguayo, el pasado viernes 10 de abril de 2026, no fue solo un despliegue de espectáculo: fue, sobre todo, una confirmación de vigencia.
Pasadas las 21:00, y durante poco más de dos horas, lo que se puso en escena fue una maquinaria precisa de energía, memoria y oficio. Entre destellos de pirotecnia y una puesta dinámica, el repertorio recorrió distintas capas de su trayectoria —de Pégate y María a Vuelve, Fuego de Noche, Nieve de Día y A Medio Vivir— activando no solo el entusiasmo del público, sino también una dimensión afectiva que remite a distintas épocas de la cultura pop latinoamericana.
Hubo cambios de vestuario, coreografías exigentes y un público completamente entregado. Pero más allá de lo visible, lo que sostuvo la noche fue otra cosa: una disciplina artística que no se improvisa.
En ese sentido, no resulta menor que especialistas como la vocal coach Ceci Dover hayan destacado, en distintas ocasiones, la capacidad de Ricky de sostener su performance vocal en vivo sin depender de apoyos tecnológicos, incluso mientras ejecuta rutinas físicas de alta demanda. Ese dato —que podría parecer técnico— termina siendo clave para entender por qué su presencia escénica no se agota en el carisma.
“Gracias por esa sonrisa, por esa mirada”, dijo en un momento, en un gesto que, más que protocolo, funcionó como reconocimiento mutuo y en esa ocasión confesó que son esos gestos del público los que le hacen seguir actuando.
Si algo dejó en evidencia esta presentación es que el vínculo con su público, lo cual no es circunstancial. Lo construyó en el tiempo, y esto se reactiva y se resignifica en cada encuentro.
Hay artistas que se sostienen en la nostalgia. Otros, en cambio, logran algo más complejo: dialogar con su propio pasado sin quedar atrapados en él. Lo de Ricky Martin, en Asunción, se inscribe en ese segundo registro. No fue solo una noche inolvidable; fue una escena donde la experiencia, la técnica y la emoción encontraron un equilibrio poco frecuente.
Y quizás por eso, cuando terminó, no quedó solo el recuerdo: quedó la sensación —cada vez más escasa— de haber asistido a un verdadero acto artístico.
El eco en redes
Los comentarios en plataformas no se hicieron esperar. Algunos elogiaron su carisma, otros su emocionalidad con el público.
“54 años tiene, baila como un veinteañero”, escribió @mavi_herrera
“¿cómo vas a tardar 15 años en volver? Por favor, volvé seguido, rey”, comentó @meli_munozp
“lo más lindooo, Dios mío… Ricky es fuego”, expresó @vikoviedo
“el mejor concierto al que fui, nos hizo bailar y vibrar con esos temas de los 90”, compartió @orrego932
“hermoso, tan amoroso con su público”, señaló @natiacuna.
La conversación digital no hizo más que amplificar lo que ya era evidente en el predio: entusiasmo, memoria y una conexión que excede el escenario.